Teatro por entregas

Eufemia o el país donde no existían los cuentos

Creación de Pedro Hilario Silva.


Dedicado a Italo Calvino, por su maravilloso libro: Las ciudades invisibles

  • Acto I
  • Acto II [próximamente]
  • Acto III [próximamente]

[Sobre el lado izquierdo del escenario un trono que mira al público. El lado derecho debe quedar diáfano, para que los viajeros puedan desenvolverse mientras narran los cuentos. También pueden dramatizarse los cuentos. En este caso, jugaremos con las luces. Cuando se desarrolle la acción dramática entre los viajeros y las gentes de la corte, se iluminará el lado derecho y el izquierdo permanecerá a oscuras. Cuando se dramaticen los cuentos, se iluminará el lado izquierdo y se mantendrá oscuro el lado derecho.]

DRAMATIS PERSONAE

  • Narrador
  • Reina
  • Viajero 1
  • Viajero 2
  • Chambelán
  • Capitán
  • Gente de la corte

ACTO I

Publicado en la web de la Biblioteca APEQ el 22 de abril de 2022.

NARRADOR:  En la hermosa isla de Zenobia, donde colocamos nuestra escena, dos viajeros, llegadas de lejanas tierras, se enfrentaban a un terrible castigo; pues, a fin de ganarse la vida, habían relatado historias a sus gentes sin saber que esta acción estaba penada con la muerte.

Llevadas a presencia de la reina, impartidora de justicia en su reino, los viajeros tuvieron que enfrentarse a su terrible destino. 

El modo en que lo hicieron y la manera en que este hecho cambio para siempre la vida de este pequeño reino va a ser durante la siguiente hora asunto de nuestra representación. Si nos prestáis atento oído, sabréis lo que allí aconteció.

REINA (Mira fijamente a los viajeros que se encuentran encadenado en su presencia): ¿De dónde sois, viajeros?

VIAJERO 1: Somos de la ciudad llamada Eufemia, Majestad.

REINA: No conozco esa ciudad, habladme de ella.

VIAJERO 1: Eufemia es una ciudad hermosa, majestad. A ella llegan los mercaderes de siete naciones en cada solsticio y en cada equinoccio, con su carga de jengibre y algodón en rama y allí, en sus mercados, las caravanas descargan costales de nuez moscada y de pasas de uva que traen envueltas con rollos de muselina dorada. Es una ciudad hermosa, sin duda, admirada por todo los que la conocen, pero lo que la hace especial,

lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para llegar hasta ella no es el trueque de mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del Gran Kan. No, lo que atrae a las gentes a Eufemia es el modo en que al caer le noche, junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice -como “lobo”, “hermana”, “tesoro escondido”, “batalla”, “sarna,”, “amantes”- los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufemia, la ciudad donde se cambia la memoria en cada solsticio y en cada equinoccio (1).

CHAMBELÁN: Os han traído aquí porque habéis cometido un crimen execrable: os habéis atrevido a contar historias ficticias a las buenas gentes de nuestro reino.  Un crimen por el que según nuestras leyes debéis morir.

REINA: Sin embargo, al escuchar tus palabras, viajero, me sorprende que el mayor valor de vuestra tierra es aquello que, desde hace generaciones, es en la mía el mayor delito. No soy una reina fanática, intransigente, y deseo saber. Explicadme cómo esto es posible y quizá sea benévola.

CHAMBELÁN: ¿Pero, majestad…? (La reina hace callar con un gesto de la mano al chambelán, quien, tras hacer una leve reverencia, se calla, no sin mirar con odio a los dos viajeros.)

VIAJERO 2: Majestad, no puedo entender cómo contar historias puede ser un delito, hemos viajado mucho, hemos conocido innumerables lugares y personas, y en todas partes los seres humanos cuentas historias.

VIAJERO 1: En todas partes, mi reina,  hemos conocido la  fuerza transformadora de la creatividad humana escondida en unos relatos que, como la vida, nos traen amores y desamores, derrotas y triunfos, amistades y odios, desazones y esperanzas… Hemos descubierto que los seres humanos debemos sentirnos dichosos porque no solo se nos ha concedido experimentar vivencias que alguna tarde remota nos concedieron su estremecimiento fugaz e inolvidable, sino porque se nos otorgó la palabra y con ella la capacidad de compartirlas, incluso de lograr que esos momentos persistan más allá de nosotros mismos.

REINA: Sí, sí, ya sé, conozco el don de la palabra y también su valor; pero no hablamos de los recuerdos, sino de los cuentos. Ese invento, como se nos ha transmitido generación tras generación, execrable y pernicioso.

CHAMBELÁN: (Dando un paso hacia adelante.):  Si me permitís, majestad (La reina consiente con un gesto). Todos sabemos que la palabra cuento significa suceso falso, y en efecto, no hay cuento que no sea un engaño, un embuste revestido de fascinación. No en vano, decimos que vivir del cuento es vivir a costa de engañar a otros y aprovecharse de los demás. Todo relato, toda fantasía, siempre es un engaño en el que quien cuenta, busca engatusar, de un modo u otro, al que escucha, hacerle creer que existe lo que nunca ha existido ni existirá.

VIAJERO 2: Es cierto, majestad, en verdad es muy fácil conducir al equivoco y contaminar la realidad; el ser humano es dado a dejarse manipular con facilidad. Yo mismo os podría decir que

en la flor de la juventud abandoné mi querida ciudad de Eufemia al calor del mediodía y tras andar unos kilómetros me encontré con un vendedor de melones al que compré uno por un dinar. Lo corté en pedazos y en su interior descubrí una gran ciudad con bazares multicolores, suntuosos palacios y mezquitas. Me interné en el melón y admiré los edificios. También vi gente de muchas razas. Caminé mucho, tanto que alcancé las afueras de la ciudad. Llegué a campos. Allí encontré una palmera que tenía unos dátiles de un metro. Como tenía hambre, me trepé al árbol para comer alguno. Cuando llegué arriba vi que muchos campesinos sembraban y cosechaban el trigo sobre las hojas. Comí un poco y luego bajé y seguí caminando. Entonces encontré a otro campesino que partía gran cantidad de huevos sobre el borde de un jarrón de piedra. De ellos salían infinidad de pollitos. Las gallinas volaban hacia la izquierda y los gallos hacia la derecha. Seguí caminando y me topé con un burro que llevaba tortitas de sésamo sobre el lomo. Corté un pedacito de una y me lo comí. Enseguida volví a encontrarme fuera del melón, que se cerró totalmente hasta quedar tal cual como yo lo había comprado (2).

VIAJERO 1: Veis, majestad, mi compañero podría contaros todo eso, pero, claro: ¿le creeríais? Claro que no. ¿Dónde se ha visto una ciudad dentro de un melón? Es absurdo. ¿Y quién crees, aunque se lo cuenten, que hay pollitos que salen de un huevo dando brincos con sólo cascarlo? La cuestión está en que, es cierto, el relato de mi amigo está lleno de mentiras; pero a nadie se le oculta tal cosa, y por eso dejan de serlo, para convertirse en otra cosa.

CHAMBELÁN: (De forma vehemente) ¿Y si no lo sabe? ¿Y si el que escucha no está precavido o desconoce la realidad de las cosas narradas? Detrás de un cuento siempre hay un inteligente mentiroso, un fantasioso embaucador que coge el atajo de captar la atención y el aprecio de los demás por la vía fácil del engaño. Sabe que las palabras no solo son cómodos sustitutos de los hechos, sino que puede hacer con ellas lo que desee. Vos mismo, ahora, buscáis desorientarnos, confundirnos, manipularnos con vuestras palabras para disfrazar la realidad y llevarnos a vuestro terreno, justificando lo que no son nada más que fabulas absurdas, embusten que pretenden confundirnos, cuando no hacernos perder nuestro bien más valioso: el tiempo. Narrar siempre supone una evasión perversa y dañina.

VIAJERO 2: No niego que hay personas necias y crédulas, que parecieran no querer vivir fuera de lo que leen; pero no es culpa del cuento, sino de quien así vive. Es como cuando alguien dice “no he leído más de lo que he vivido”, me parece una triste confesión, pues leer sobre la vida nunca debe impedirte vivirla. Sin embargo, es una decisión personal, no un efecto de los relatos. Cada uno de nosotros puede elegir, ya que, señor, como vos sabéis, como gente formada que sois, poseemos el libre albedrío y eso nos permite hacerlo… Dejadme deciros la siguiente historia:

Un grupo de aspirantes discutía acaloradamente sobre si existía o no el destino. No lograban en absoluto ponerse de acuerdo, y las posturas de unos y otros eran cada vez más radicales. Acertó a pasar por allí un sabio y le pidieron que mediara en la discusión. Le expusieron el tema que estaban debatiendo y le cuestionaron si para él había destino o libre albedrío.
Tras reflexionar unos instantes, sosegadamente, el sabio aseveró:
— Sois como el cuervo y el búho: cada uno queriendo imponer al otro su punto de vista, si bien para el cuervo el día es el día y para el búho lo es la noche. ¿Por qué os extraviáis en actitudes tan radicales, en opiniones tan extremas?
Los aspirantes se sintieron muy desconcertados y hasta un poco avergonzados.
— Os voy a contar una historia –agregó el sabio–. Se trataba de un magnífico zapatero, el mejor que nadie pudiera imaginar. Fabricaba los zapatos más bellos y a la vez más cómodos, pero he aquí, amigos míos, que nació en un país donde las personas carecían de pies. Eso es destino. Pero, escuchadme, no por ello el zapatero se amilanó, nada de eso. Como era muy creativo y sagaz, ¿para qué creéis que utilizó sus energías?
Los aspirantes se miraron, intrigados, entre ellos y no supieron qué responder. El sabio, sonriente, agregó:
— Pues utilizó sus facultades para comenzar a fabricar formidables guantes, puesto que en ese país las personas sí tenían manos. Eso es libre albedrío o voluntad.
El sabio saludó con un pausado gesto de la cabeza y se alejó, pero a pesar de sus acertadas enseñanzas, los aspirantes, frenéticos, siguieron polemizando entre sí, cada vez sosteniendo entre ellos posturas más extremadas (3).

VIAJERO 1: Veréis, majestad, si algo he aprendido en mis viajes es que los humanos podemos ser muy distintos en nuestros modos de percibir y entender la realidad. Recuerdo a un hombre que estuvo a punto de ser condenado a morir por lo que un campesino creyó verle hacer; sin embargo, salvo la vida por lo que otro dijo sobre ese mismo hecho. ¿Quién tenía razón? ¿Dónde estaba la verdad? El relato, anterior, como muchos otros, nos habla de la incapacidad del ser humano para conocer en su totalidad la realidad y de que no es temerario decir que la realidad no es lo que es sino lo que vemos. Pero de eso también nos hablan los cuentos. No sé si conocéis lo que les aconteció a un grupo de invidentes que pretendían explicarse cómo era un elefante.

REINA: Lo desconozco.

VIAJERO 1: Permitidme compartir con vos su historia (la reina con un gesto de su mano, consintió).

Había una vez seis hombres ciegos que vivían en Indostán, que querían ampliar sus conocimientos y aprender cómo era un elefante, por lo que decidieron que cada uno, por la observación del tacto, podría satisfacer a su mente.
El primero, al acercarse al elefante, chocó contra su lado ancho y fornido, por lo que en seguida empezó a gritar:
 ¡El elefante es muy similar a una pared!»
El segundo, palpándole el colmillo, gritó:
«Oh! lo que tenemos aquí, es muy cilíndrico, suave, y aguzado. Para mí esto es muy claro, esta maravilla de elefante es muy parecido a una lanza».
El tercero se acercó al animal y tomó la trompa, la cual se retorció en sus manos. Así, audazmente dijo:
«Yo veo», acotó, «que el elefante es igual que una serpiente»
El cuarto extendió su ávida mano Y se posó sobre la rodilla:
A lo que más está bestia maravillosa se parece, es muy llano», comentó él; «Es bastante claro que el elefante es semejante a un árbol».
El quinto, que se arriesgó a tocar la oreja, dijo: «Hasta el hombre más ciego puede decir a lo que esto más se parece:
Niegue el hecho quien pueda, esta maravilla de elefante es igual que un abanico».
El sexto, en cuanto empezó a tentar a la bestia, asió su cola oscilante.
«Yo veo», dijo él, «que el elefante es como una soga».
Y así, estos hombres de Indostán continuaron disputando ruidosa y largamente.
Cada uno se mantenía en su propia opinión, siempre más rígida y fuerte, por lo que no podían llegar a un acuerdo ya que, como podemos ver, aunque cada uno estaba en parte en lo cierto, todos estaban errados (4).

REINA: Pero entonces, si eso fuera así, y todo dependiera del modo en que uno mira lo que le rodea, nada sería verdad ni mentira y el mundo perdería todos sus asideros, todo se convertiría en un juego de espejos, cuando no de espejismos, todo se volvería un sin sentido, un caos.

VIAJERO 2: Pero, mi reina, los cuentos no construyen ni destruyen el mundo, solo nos ayudan a organizarlo o a entenderlo. Solo nos lo acercan como una lupa, para que podamos entenderlo mejor.  Dicen que el primer cuento surgió de la propia naturaleza del mundo, del sonido estridente del trueno, de la luz cegadora del rayo, del ciclo perpetuo de muerte y renacimiento del sol y la luna. ¿Cómo explicar aquello?
VIAJERO 1: El mundo estaba, y está, lleno de historias que buscaban ser contadas, porque el ser humano quiere conocer, quiere explicar el mundo que le rodea. Aunque, majestad, nosotros sabemos que todo proviene del Creador, los paganos e ignorante tuvieron, en su barbarie, que buscar un modo para entender lo que no conocían, y de allí surgieron curiosas historias.

REINA: Entonces, viajero, está claro, por lo decís, que los cuentos surgen de la ignorancia.

VIAJERO 1: No, mi reina, surgen de todo lo contrario, surgen del deseo de conocer; de la necesidad de saber, emanan de nuestras preguntas, de nuestra profunda e insaciable curiosidad. Cómo surgió el océano, por qué crece la hierba… Permitidme contaros una de esas historias :

Hace mucho tiempo, el lago Titicaca era un valle fértil poblado de hombres que vivían felices y tranquilos.
Nada les faltaba; la tierra era rica y les procuraba todo lo que necesitaban. Sobre esta tierra no se conocía ni la muerte, ni el odio, ni la ambición. Los Apus, los dioses de las montañas, protegían a los seres humanos.
No les prohibieron más que una sola cosa: nadie debía subir a la cima de las montañas donde ardía el Fuego Sagrado.
Durante largo tiempo, los hombres no pensaron en infringir esta orden de los dioses. Pero el diablo, espíritu maligno condenado a vivir en la oscuridad, no soportaba ver a los hombres vivir tan tranquilamente en el valle.
Él se ingenió para dividir a los hombres
sembrando la discordia.
Les pidió probar su coraje yendo a buscar el Fuego Sagrado a la cima de las montañas.
Entonces un buen día, al alba, los hombres comenzaron a escalar la cima de las montañas, pero a medio camino fueron sorprendidos por los Apus.
Éstos comprendieron que los hombres habían desobedecido y decidieron exterminarlos. Miles de pumas salieron de las cavernas y se devoraron a los hombres que suplicaban al diablo por ayuda. Pero éste permanecía insensible a sus súplicas.
Viendo eso, Inti, el dios del Sol, se puso a llorar. Sus lágrimas eran tan abundantes que en cuarenta días inundaron el valle.
Un hombre y una mujer solamente llegaron a salvarse sobre una barca de junco.
Cuando el sol brilló de nuevo, el hombre y la mujer no creían a sus ojos: bajo el cielo azul y puro, estaban en medio de un lago inmenso. En medio de esas aguas flotaban los pumas que estaban ahogados y transformados en estatuas de piedra.
Llamaron entonces al lago Titicaca, el lago de los pumas de piedra (5).

CHAMBELÁN:  Pero todo el mundo sabe que eso es una patraña, un lago no se forma así ni los pumas pueden transformarse en piedras. El que dijo eso a sus gentes no hacia otra cosa que tratarlas como a criaturas ingenuas y simples. Como intentáis tratarnos ahora a nosotros

VIAJERO 1: Cierto, se dirigía a la inocencia, pero desde la que el mismo tenía. El que contaba esa historia no sabía cómo se formaban en verdad los lagos, solo intentaba explicarlo y, para ello, recurría a símbolos que le ayudaban a comprender y que todos podían entender. No había engaño, pues no decía que algo era de un modo a sabiendas que era de otro.

VIAJERO 2: Otras veces, los cuentos no tratan de explicar un hecho o cómo se ha configurado el mundo, sino que miran hacia nosotros mismos, nacen de nuestra necesidad profunda de conocernos, de saber quiénes somos realmente.  Lo cierto es que, de un modo u otro, todas las historias hablan de nuestros miedos, nuestros deseos, nuestras inseguridades, nuestras esperanzas… ¿Cómo si no, podríamos entender este relato?:

Un día un escorpión le pidió a una rana que lo cargara para cruzar el río, la rana le dijo: —¿Cómo sé que no me picarás? El escorpión respondió: — Porque haría que ambos nos ahogáramos. La rana aceptó; y a la mitad del río el escorpión picó a la rana. Cuando la rana le preguntó ¿por qué?, si los dos vamos a morir; el escorpión respondió: —es mi naturaleza. (6).

REINA: Inquietante historia, sin duda… (La reina calló un instante mientras parecía meditar sobre algo lejano), y no puedo negarlo… me ha provocado desazón. Pero decidme, por lo que deduzco de vuestras palabras, un relato debe siempre enseñarnos algo sobre quiénes somos.  

VIAJERO 1: Creo, majestad, que de un buen relato siempre es posible extraer algún aprendizaje. Al menos, podemos confrontar nuestro juicio y vidas con otras y aprender de los comportamientos de los demás. Los relatos están llenos de experiencias de todo tipo, y, sí, majestad, de enseñanzas. Escuchad lo que se cuenta que les pasó a dos amigos:

A dos amigos se les apareció un oso:
El uno muy medroso, 
En las ramas de un árbol se asegura.  
El otro, abandonado a la ventura, 
Se finge muerto repentinamente. 
El oso se le acerca lentamente;
Mas como este animal, según se cuenta, 
De cadáveres nunca se alimenta,  
Sin olerlo lo registra y toca,  

Huélele las narices y la boca;  
No le siente el aliento,
Ni el menor movimiento; 
Y así, se fue diciendo sin recelo: 
«Este está tan muerto como mi abuelo.»    
Entonces el cobarde,  
De su grande amistad haciendo alarde,  
Del árbol se desprende muy ligero   
Corre, y abraza al compañero,
Pondera la fortuna 
De haberle hallado sin lesión alguna,  
Y al fin le dice: «Sepas que he notado 
Que el oso te decía algún recado.  
¿Qué pudo ser?» «Direte lo que ha sido;   
Estas dos palabricas al oído:   
Aparta tu amistad de la persona   
Que si te ve en riesgo, te abandona.(7)

[En ese momento, un capitán de la guardia pide permiso para entrar. La reina se lo otorga con un leve movimiento de su mano]

CAPITAN: Majestad, perdonad que ose interrumpiros, pero lo que me obliga a hacerlo es grave.

REINA: Hablad entonces sin demora, capitán.

CAPITAN:  Vuestro hermano, el rey de Leonia, ha enviado un embajador que exige veros de inmediato.

REINA: ¿Un embajador de mi hermano? ¿Aquí? Bien, lo recibiré ahora. (Mirando al Chambelán) Llevaos a los prisioneros, y que la guardia los mantenga en palacio. Volved luego y esperad en la sala contigua a que os llame. Capitán, id a por el embajador. Veamos con qué nueva ocurrencia nos sorprende esta vez mi hermano.
CAPITAN: Sí, majestad.

[Mientras todos van saliendo, el escenario queda a oscuras]


ACTO II

Próximamente.

ACTO III

Próximamente.

Referencias

  1. Las ciudades invisibles de Italo Calvino.
  2. La ciudad dentro de un melón. Cuento popular.
  3. El cuervo y el búho. Fábula popular.
  4. Los ciego y el elefante o los siete ratones ciegos.Fábula popular oriental.
  5. Los pumas de piedra o el nacimiento del lago Titicaca. Leyenda quechua.
  6. La rana y el escorpión. Fábula atribuida a Esopo.
  7. Los dos amigos y el oso. Fábula de Félix María Samaniego